Estoy en casa escuchando Mondo Cane mientras fumo un cigarro y bebo coca cola. Opeth se lava las patitas junto a la entrada, la música llena la sala y se funde con el humo que vuela hasta la ventana. Tengo cansado el cuerpo y feliz el alma. Recién bañada siento como se seca mi cabello desordenado y negro, la ropa repartida en el suelo suspira, llena de recuerdos.
Me dejo llevar por el sonido e imagino...
Hay una costa en alguna parte del mundo donde un hombre toma la mano de una mujer, sin buscar nada más que la vida en el tacto. Los rodea un viento tranquilo con sabor a sales y aroma a pasado. La ráfaga aleja de ellos lo que ya no existe, lágrimas y temblores, la frágil felicidad y el tranquilo vals del descanso. Todo vuela entre corrientes de aire hasta un mar de estrellas que comenzará por lavarlos. Corazones reciclados a la orilla de la tierra.
Hay una calle en esta ciudad que todos los días derrocha las risas de niños a las interminables coladeras, los sonidos pequeños se arrastran por sus orillas y viajan, alocados, por las corrientes de la vida. Por el subsuelo las escuchan pasar. Bajo los pies de los empleados, entre los desechos de la ciudad van las risas perdidas de esos niños que mañana crecerán. Van y transitan los subterráneos del mundo para explotar a la orilla de una costa en el mar.
Hay un mar en este mundo. Que siempre será.
Regreso, sigo en casa y Mike Patton canta. Sólo el cigarro se ha esfumado.


