Hoy saqué a desentumir la bici. Del Valle, Narvarte y Álamos fueron las calles de mi paseo. Poco tráfico y en el reproductor, Lacrimosa todo el tiempo.
Descubrí que las calles se ven hermosas vestidas de otoño, podría haber tomado algunas fotos y hacer un post que fuera imágenes de árboles amarillos en lúdico contraste con un cielo azul profundo pero no... eso se ve tanto en estos días y yo, desde la médula, me quedo con las palabras.
Entonces, decía:
... la luz dorada atravesaba las ramas que, al ser besadas por el viento, arrojaron hojas amarillas al camino de mi bici. Y crujían como si vinieran de los años de mi infancia cuando el otoño llegaba en montones de hojas que pisar, montañas de hojas para aterrizar, hundirse en ellas y hacerlas crujir entre los dedos. Me gustaba ese juego; recuerdo el día en que apreté una que guardaba un insecto de púas, el ardor mató un poco de mi desfachatez infantil, esa fue la última vez que crují una hoja con las manos. Ahora lo hago con la bici, en las calles de la ciudad, cuando el otoño se deja caer en el suelo de las banquetas, aquellas que se llenan de hojas secas y niños vestidos de brujas y vampiros. ¿Soy yo o el final de año se empieza a respirar en los parques?
Sonaba algo del Stille, o tal vez era Elodia, y yo hacía bailar a la bici. Miré hacia arriba, el sol entre las hojas livianas de los árboles. El viento acarició mi cuello, mis pies giraron los pedales, mi cadera balanceó el cuadro, con una mano marqué el ritmo y al frente, una calle vacía. Un momento que guardaré para mi deleite hasta el incierto día en que mi memoria deje de recordar.
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