De las buenas herencias familiares.
Estaba recordando la primera vez que mi papá nos compartió a mi hermana y a mí una rebanada de queso gruyere. "Mira papá, tiene hoyos". Las primeras copas de vino bajo la mirada de mi progenitor, las cenas de año nueva con charolas de carnes frías y quesos. Un vino espumoso del Portugal. Los cortes y las ensaladas. Tintos y blancos fríos. Café y postres. Delicia tras delicia.
Hermosa herencia familiar que aprecio tanto como el gusto por la cultura o el pensamiento crítico. Detalles de aroma y sabor que hacen más feliz la vida. Y la levedad, esa también me la ha enseñado mi padre.
Saber probar la literatura y beber la música. Leerme de principio a fin un banquete a la italiana o árabe. Dejar que suene una buena botella de vino tinto con todas sus agudezas, de principio a fin, sin escapar al efecto de los melódicos.
Porque se ha dicho mil veces. La verdadera felicidad está ahí, día tras noche, en saber deleitarse con los detalles; segundo a segundo.
Trocitos de la herencia familiar que, y sólo porque estoy viva, todos los días me dispongo a complementar.
Por eso...
...comer bien, beber bien y coger, también.
Qué viva la vida, pues.
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