El domingo hice esas cosas de mujer que vive sola. Lavé ropa, compré comida y trabajé en mi freelance.
A eso de las seis me preparé de comer y entonces, teniendo el plato servido no pude resistir tomarle una foto con un pensamiento en la mente: comidas memorables. Ya he tenido varias, en estos años de tener depa y ser responsable de mis menús del domingo. Por ejemplo, recuerdo la primera vez que comí sola en mi primer depa, allá en Cuernavaca.
Y es que uno aprende a valorar la comida. Tuve esa época en la que sólo comía arroz y sardinas. Aquella época en la que el plato fuerte era una papa cocida, recuerdo que un día, en el depa de Nicolás San Juan, Monca y yo sólo teníamos dos papas. Las cocimos dispuestas a comerlas con aderezo de mil islas. Salimos de la cocina y Ro, buen amigo, rió un poco de nuestras papas que se tambaleaban cual pelotas a la mitad de un plato que lucía bastante infinito.
Sí, vivir sola me quitó lo delicada y me hizo apreciar infinitamente un plato de frijoles hechos por mamá o tener el varo suficiente para comer en cualquier restaurante. Es curioso, pero a veces, como el domingo, veo el plato lleno y agradezco, al esfuerzo y a las oportunidades, el tener un exquisito arreglo de comida y algo que beber. Pequeños detalles que me hacen sonreír y sobre todo, que me alimentan a buena cantidad de niveles.
A eso de las seis me preparé de comer y entonces, teniendo el plato servido no pude resistir tomarle una foto con un pensamiento en la mente: comidas memorables. Ya he tenido varias, en estos años de tener depa y ser responsable de mis menús del domingo. Por ejemplo, recuerdo la primera vez que comí sola en mi primer depa, allá en Cuernavaca.
Y es que uno aprende a valorar la comida. Tuve esa época en la que sólo comía arroz y sardinas. Aquella época en la que el plato fuerte era una papa cocida, recuerdo que un día, en el depa de Nicolás San Juan, Monca y yo sólo teníamos dos papas. Las cocimos dispuestas a comerlas con aderezo de mil islas. Salimos de la cocina y Ro, buen amigo, rió un poco de nuestras papas que se tambaleaban cual pelotas a la mitad de un plato que lucía bastante infinito.
Sí, vivir sola me quitó lo delicada y me hizo apreciar infinitamente un plato de frijoles hechos por mamá o tener el varo suficiente para comer en cualquier restaurante. Es curioso, pero a veces, como el domingo, veo el plato lleno y agradezco, al esfuerzo y a las oportunidades, el tener un exquisito arreglo de comida y algo que beber. Pequeños detalles que me hacen sonreír y sobre todo, que me alimentan a buena cantidad de niveles.