El otro día leí un tweet que me dejó pensando. No lo recuerdo bien, pero la idea era “eso pasa cuando decides ser...” ¿Qué pasa cuando alguien decide ser y a los de al lado no les parece? Y es que somos tan dados a interpretar a los otros como si nosotros mismos fuéramos interpretables.
Seguro te ha pasado. Hay un momento en el que acabas hasta la madre de adaptarte y seguir patrones para buscar tu lugar en cierto espacio social. Llega un momento en el que dices: ¿Y yo que putas hago dejando de ser yo por ser alguien que le resulta más cómodo al contexto que a mi cuerpo?
¿Me explico?
Para mí lo único importante en esa cuestión es la palabrita DECIDIR. No hay nada que respete más que la coherencia de alguien que ha decidido que sí o que no le va. Que en algún momento, tuvo la calidad (los huevos, pues) de ubicarse en una perspectiva. A veces, no lo hacemos conscientes, a veces sí. Pero con cada acto o palabra declaramos algo de nosotros, que puede ser o no agradable para alguien más. Que puede parecer tan extraño que resulta malo o tan bueno que resulta invisible. Sea cual sea el caso, siempre estamos ahí al centro de todas las miradas. Lo estoy yo que te miro a ti y lo estás tú que eres mirado por los demás.
¿Qué tan absurdamente importante es esto?
Alguna vez leí que “la mirada de los otros nos construye”. Que es como un espejo en el que comprobamos nuestra propia existencia, que es la aceptación que nos hace confiar en nuestra autenticidad como seres humanos. Lo es, ciertamente. Pero... ¿debe ser el factor definitivo en nuestra búsqueda de individualidad?
Decidir cómo soy y qué pienso... eso me gusta.
Lo que siempre me falla es hacerlo de modo que no desvirtúe la imagen del espejo, eso que los otros creen saber de mí.
Creo que fue con Don Juan donde leí eso de “Borra tu historia personal...” De modo que el mundo no sepa que esperar de ti. Me fascina ese concepto.
Lo real es que el mundo quiere tenerte seguro, saber tu edad, tus gustos, la historia de tu familia, tu color favorito, la película que te hace llorar, enfermedades, fobias, refresco de cola o agua, colonia, preferencia sexual, animal favorito... todo lo que eres cifrado en objetos y elecciones. Porque “comprendiéndote” te controlan. Porque “controlándote” te entienden y te hacen similar a ellos. Así funcionamos... si alguien sale de nuestro “control/comprensión” es casi imposible que podamos aceptarlo como real, parecido o propio.
Y entonces nos etiquetamos: naco, atea, nihilista, marro, perdedor, loca, religioso, hipster, puta, raro, infantil y largo etcétera. Por supuesto, hay quienes no son más que una etiqueta. Pero hay quienes, y siempre he deseado que sean los más, deciden que justo así es como quieren ser. Que de todos los aspectos sociales y culturales esos son justos los que los manifiestan como personas.
Y la mejor parte: la etiqueta una vez pegada impide cualquier duda respecto a esa persona... es así y ya. Porque al etiquetarlo le quitamos la capacidad de hablar, de ser. Yo lo sé porque lo he hecho, porque escudada en la intolerancia he matado la autenticidad de alguien más, en servicio del cómo creo deben ser los otros. Y es curioso, a veces… lo he hecho sin siquiera dar la ventaja de la duda, porque me han dicho, porque he concluido. Ah, sí somos vacuos y simplistas y éste… es un post más de por qué amaría ser un gato cuya única relación con los humanos fuera rasguñar de vez en cuando y ya.