Suelo decir que no me importa de manera alguna y que sé controlar el fluir de las emociones cuando un evento da justo en el centro del lago. Yo sé, me digo, las palabras precisas para permitir el giro continuo de los acontecimientos. Nada, impedirá que fluya. Nada puede detenerme. Tal vez sí lo sé; y logro aparentar lo contrario. Aparento el muro y la llama en donde hay gota y calma.
Alcé las manos al perfil del norte, bebiendo de las musas los cabellos, empapando el texto de mis palabras en las lágrimas de diosas olvidadas. Me has traído corazón de nuevo. Me has puesto bajo el filo de la daga y yo, ante el viento que me rasga, sonrío. Me vuelvo una gota de sangre que en el tiempo de un suspiro madura el suelo.
Bajo un cielo plagado de estrellas dejo ir un poco de alma, veo su luz apartarse hasta encontrar un par de sueños, los bebe, los sodomiza, los abraza. Los conoce con la punta de la lengua. Mi alma, ridícula, persiguiendo sueños hasta que, agotada, vuelve a mí. Sin daño visible. Pasarán dos segundos para que caiga en sus rodillas de alma y me diga que no volverá a hacerlo y que ha cambiado para ser un alma buena. Asiento sin creerle, la conozco, es mía.
No aprendo. No acepto enjaularla, dejarla guardada en casa. Hasta el día en que seamos separadas y sea inútil lastimarnos, hasta ese día le daré la noche libre, lejos de la mente y sus verdades: ¿a qué finges negra ser de diamante donde hay barro fino?
Alcé las manos al perfil del norte, bebiendo de las musas los cabellos, empapando el texto de mis palabras en las lágrimas de diosas olvidadas. Me has traído corazón de nuevo. Me has puesto bajo el filo de la daga y yo, ante el viento que me rasga, sonrío. Me vuelvo una gota de sangre que en el tiempo de un suspiro madura el suelo.
Bajo un cielo plagado de estrellas dejo ir un poco de alma, veo su luz apartarse hasta encontrar un par de sueños, los bebe, los sodomiza, los abraza. Los conoce con la punta de la lengua. Mi alma, ridícula, persiguiendo sueños hasta que, agotada, vuelve a mí. Sin daño visible. Pasarán dos segundos para que caiga en sus rodillas de alma y me diga que no volverá a hacerlo y que ha cambiado para ser un alma buena. Asiento sin creerle, la conozco, es mía.
No aprendo. No acepto enjaularla, dejarla guardada en casa. Hasta el día en que seamos separadas y sea inútil lastimarnos, hasta ese día le daré la noche libre, lejos de la mente y sus verdades: ¿a qué finges negra ser de diamante donde hay barro fino?