Recuerdo que en una época no muy lejana, cuando andaba sin trabajo y en busca de mil cosas para llenar la cabeza, descubrí en el café La Selva de G.Mancera (soy cliente sí sí) un papel que decía Taller Literario firmada por el profesor Juan Muestra y un número celular. Lo anoté y días después, llamé. La primera vez estuvo muy bien, pequeña reunión en el café con unos adultos un poco... bueno, adultos. La verdad sí estaban raros pero de a primeras no me percaté, es que soy bien tolerante. En fin, la primera estuvo buena así que, sin miedo, le entré a la segunda. Pero esta vez —dijo el profesor— nos veremos en casa de Lady X, porque es bien amiga y bien amable y, le faltó agregar, es una Doña Bien. Como sea, sí me incomodó un poco que no fuera en La Selva, un tanto por la cercanía y otro tanto, porque bueno, eso de andarse metiendo en casas ajenas por muy bien que éstas sean; pero fui...
Me abrió la Doña Bien, Lady X: cabello rubio a fuerza de tinte y columnas blancas en la entrada de una escalera de caracol, blanca también. Ok, no te rías —pensé mientras saludaba amablemente a los adultos presentes. No, no me reiré de la bandeja de botanas, ni de los espejos, las estatuillas, imitación mármol con detalles dorados y mucho menos de la forma en que todos acentúan la palabra Maestro... Y no me reí.
Leyeron sus cuentos, leyeron sus sonetos. Algunos bien. Algunos mal. Y a todos comentaba el Maestro como si después de hacerlo fuera a abrir las aguas del licor que Lady X le procuraba. Para mí, sólo hubo té; les digo, bien raros. Y andábamos en ardua tarea literaria cuando abriéndose la puerta principal, desde el piso de abajo se oye una alegre voz que cantaba con todos los vapores de la borrachera. Silencio. Disculpen —dice Lady X y se levanta. Bueno —pensé, ya llegó el retoño. Les digo, soy bien ingenua porque ese hombre perdido de alcoholes ya rozaba los 48 y además de la camisa polo, lo adornaba un rostro de vividor de telenovela de lo más lindo. Desde ese momento la sesión literaria fue una delicia. El hombre de la casa participaba con palabras desequilibradas, risas seseadas, explicaciones de cómo no había chocado el auto y cuando fue suficiente, Lady X con toda delicadeza, lo mandó a su cuarto. Volvimos a la crítica, a la conversación y a las galletitas. Y cuando el príncipe azul ya parecía haber caído bajo el sueño del alcoholizado, se deja oír desde el piso de arriba, a todo, pero TODO volumen la voz de Gloria Gaynor llenándonos de ochentas los textos disque literarios. Yo seguía sin reírme, creo que fue en ese momento cuando me levanté para ir al baño... Entré al baño bien, con incredulidad y demasiado té. Levanté la vista y ahí, justo sobre el retrete, un dibujo autografiado de José Luis Cuevas.
Rompí en carcajadas, neta.
Salí. Gloria Gaynor seguía cantando.
Dí las gracias y jamás volví.
Me abrió la Doña Bien, Lady X: cabello rubio a fuerza de tinte y columnas blancas en la entrada de una escalera de caracol, blanca también. Ok, no te rías —pensé mientras saludaba amablemente a los adultos presentes. No, no me reiré de la bandeja de botanas, ni de los espejos, las estatuillas, imitación mármol con detalles dorados y mucho menos de la forma en que todos acentúan la palabra Maestro... Y no me reí.
Leyeron sus cuentos, leyeron sus sonetos. Algunos bien. Algunos mal. Y a todos comentaba el Maestro como si después de hacerlo fuera a abrir las aguas del licor que Lady X le procuraba. Para mí, sólo hubo té; les digo, bien raros. Y andábamos en ardua tarea literaria cuando abriéndose la puerta principal, desde el piso de abajo se oye una alegre voz que cantaba con todos los vapores de la borrachera. Silencio. Disculpen —dice Lady X y se levanta. Bueno —pensé, ya llegó el retoño. Les digo, soy bien ingenua porque ese hombre perdido de alcoholes ya rozaba los 48 y además de la camisa polo, lo adornaba un rostro de vividor de telenovela de lo más lindo. Desde ese momento la sesión literaria fue una delicia. El hombre de la casa participaba con palabras desequilibradas, risas seseadas, explicaciones de cómo no había chocado el auto y cuando fue suficiente, Lady X con toda delicadeza, lo mandó a su cuarto. Volvimos a la crítica, a la conversación y a las galletitas. Y cuando el príncipe azul ya parecía haber caído bajo el sueño del alcoholizado, se deja oír desde el piso de arriba, a todo, pero TODO volumen la voz de Gloria Gaynor llenándonos de ochentas los textos disque literarios. Yo seguía sin reírme, creo que fue en ese momento cuando me levanté para ir al baño... Entré al baño bien, con incredulidad y demasiado té. Levanté la vista y ahí, justo sobre el retrete, un dibujo autografiado de José Luis Cuevas.
Rompí en carcajadas, neta.
Salí. Gloria Gaynor seguía cantando.
Dí las gracias y jamás volví.

