Hacia ambos lados el camino había desaparecido. De aquellos hombres y sus ejércitos no quedaba rastro. Era el paisaje más desolado que lo hubiera rodeado y estaba bien. Mejor el andar rasposo del viento y las duras sombras de unos cuantos árboles, el movimiento fugaz con que se escabulle una rata, a las centenas de cuerpos dispuestos a desangrarse. Mejor un sol que se ignora a sí mismo que una noche de luna iluminando cadáveres.
Solo en el campo de una batalla que no existió, volvió a respirar; de pie y abrazando sus manos cayó en humillante adoración. No había camino ni horizonte pero estaba vivo y eso, ningún páramo desolado se lo iba a quitar, no por el momento.
Entonces, imaginó la forma de un árbol y se recostó a su sombra mascando la manzana que sí le permitía su mente. Se durmió para soñar que de las manzanas brotaba sidra que servían las manos de una mujer. Despertó para beber de un sorbo el vaso que le ofrecía. Y habló con ella, le contó de las camas de su ciudad, las blandas almohadas, las colchas blancas; ella tomó su mano y ambos, cedieron su cuerpo al murmullo del lecho. Del quinto momento de su sueño nació un niño que abandonó a sus padres por la posibilidad.
El niño se posó sobre las piedras e imaginó un largo continuar de tierra, escasa hierba rodeando las orillas en las que, como suspiros, había árboles. Caminó el niño sobre su creación tan infinita como su pensamiento. De la madre había heredado la esperanza y con ella construiría un sendero y así sería entendido por los que vinieran detrás. A la orilla del camino pensó pueblos y ciudades, imaginó millares de hombres y pedazos de mares.
La búsqueda la heredó del padre y esa tarea le ocupó una vida, imaginando tanto como nadie. Dicen que antes de poder concebir lo supremo perdió la razón, frente a frente, al encontrarse con lo que no había llegado a imaginar.
Solo en el campo de una batalla que no existió, volvió a respirar; de pie y abrazando sus manos cayó en humillante adoración. No había camino ni horizonte pero estaba vivo y eso, ningún páramo desolado se lo iba a quitar, no por el momento.
Entonces, imaginó la forma de un árbol y se recostó a su sombra mascando la manzana que sí le permitía su mente. Se durmió para soñar que de las manzanas brotaba sidra que servían las manos de una mujer. Despertó para beber de un sorbo el vaso que le ofrecía. Y habló con ella, le contó de las camas de su ciudad, las blandas almohadas, las colchas blancas; ella tomó su mano y ambos, cedieron su cuerpo al murmullo del lecho. Del quinto momento de su sueño nació un niño que abandonó a sus padres por la posibilidad.
El niño se posó sobre las piedras e imaginó un largo continuar de tierra, escasa hierba rodeando las orillas en las que, como suspiros, había árboles. Caminó el niño sobre su creación tan infinita como su pensamiento. De la madre había heredado la esperanza y con ella construiría un sendero y así sería entendido por los que vinieran detrás. A la orilla del camino pensó pueblos y ciudades, imaginó millares de hombres y pedazos de mares.
La búsqueda la heredó del padre y esa tarea le ocupó una vida, imaginando tanto como nadie. Dicen que antes de poder concebir lo supremo perdió la razón, frente a frente, al encontrarse con lo que no había llegado a imaginar.




