He lavado trastes todo el fin de semana sólo para descubrir, en esta agradable noche de domingo, que la cocina está llena de trastes que lavar.
Me niego a lavar un plato más.
Sin embargo, soy la única que usa esos platos y la principal responsable de su insistente suciedad. No se trata de misterios aparecidos en el lavabo, es el vaso en el que tomé vino y la taza del café, los cubiertos con los que comí ensalada, el plato y la cuchara. Todos los conozco, yo los provoqué. Si no a ellos, al menos sí a los restos de comida que los salpican de forma tan equitativa.
Me niego a lavar un tenedor más.
Sin embargo, mañana que necesite de ese plato y esa cuchara, seguirán sucios y de sobra sé que los restos de lasaña, casi mimetizados, serán más reacios al efecto del agua. Entonces, me siento frente al blog a preguntarme cuál es el pinche sentido de lavar trastes que mañana volveré a ensuciar. Más allá de las respuestas obvias, me empieza a surgir una idea:
Nadie lavará el café pegado de mi taza favorita, sólo yo. Nadie arreglará la cama, ni lavará el baño, ni doblará la pijama si no lo hago yo. Al final del día, ésta es mi casa, tanto como mi vida. Si no procuro un poco de orden y otro tanto de limpieza, no hay forma que existan en este espacio en el que sólo decido yo.
Sea, por el placer que me significa el café caliente en mi taza favorita, le paro a la palabra y me voy al suelo frío de la cocina a hacer lo que nadie más puede hacer... sólo yo.