Ayer tuve un ataque de sin sentidismo, esos momentos en los que nada parece contener enunciado capaz de, obvio, dar sentido. De la chamba me tiro en carcajadas en un habitat de cerdos. Poco soporto a esa gente creedora a puñetazos en un dios cuadrado que, aparte de ser excesivamente benevolente con los que asisten mismo día a misma hora a lamerle las románicas sandalias, ofende sin miramientos a quien ose dárselas de diferente: esa es lesbiana, ese es naco, ese tiene una amante, ese se atreve a pensar. Poco tolero a esa gente y me molesta porque sobre todos mis defectos el ser tolerante con los demás que a fin de cuentas no son más ni menos que yo misma, bueno el ser tolerante es una de mis grandes tareas, tal vez a la que más vueltas le doy. Como sea, ayer estaba inmersa en un ataque de sin sentidismo.
Entonces, caminé a Coyoacán, a veces un capuchimoka o mokachino (a estas alturas es increíble que no sepa cómo se llama el que me gusta) logra darle sentido al momento. No, esta vez el café pasaba chocolatoso como si sólo de líquido se tratara. Bueno, caminar a veces hace que el cielo muestre un boquete. No, tampoco, gente vacía en una ciudad vacía de demasía. Bueno, bueno, a veces sentarme en una plaza (los políticos jodieron Coyoacán, jodieron Coyoacán) y mirar pasar gente con perros o viceversa, mirar zapatos con gente o bolsos, manos unidas, risas grupales, tranquilidad vespertina... tampoco, sombras no más, diría el nostálgico y lo repito yo.
Dejé Coyoacán...caminé al metro. Sin tristeza ni dudas, sólo confusión. Nada, en esta ciudad, en este mundo, en esta vida...nada.
En la entrada del metro había un joven, estiró la mano que contenía 50 centavos. Supusé que no me los ofrecía. Mi mano navego el bolsillo, diez pesos en una moneda. Se la dí. Gracias amiga, que Dios te bendiga, dijo el joven. Y en mí, justo ahí bajando las escaleras del metro, cayó un caudal de verdad. Como venida de los vagones una voz me confortó: eso, ayudar a quien puedas, eso da sentido.